Lois
El dolor me arranca del vacío, un latido sordo que martillea mi cabeza como si alguien hubiera clavado un cuchillo en mi cráneo.
Abro los ojos, entrecerrados, la luz tenue de la habitación pinchándome como agujas. Mi cuerpo pesa, cada respiro una puñalada en el costado, y el aire sabe a metal y medicina. Estoy en una cama, las sábanas ásperas contra mi piel, pero hay algo cálido, sólido, a mi lado. Emmanuel y Ezequiel. Sus rostros, borrosos al principio, se aclaran: Emmanuel, con la mandíb