Desde el borde del bosque, el olor se extendía como una pared invisible, espesa y asfixiante.
La sangre dominaba el aire, un hedor metálico que se pegaba a la lengua, mezclado con la podredumbre de la tierra húmeda revuelta, el humo acre de madera carbonizada y el dulzor nauseabundo de carne expuesta, abierta al aire libre como un festín para moscas.
Ezequiel sintió cómo se le revolvía el estómago por la intensidad cruda de ese aroma que invadía cada poro, cada aliento. Cada paso sobre la hojar