Desde el borde del bosque, el olor se extendía como una pared invisible, espesa y asfixiante.
La sangre dominaba el aire, un hedor metálico que se pegaba a la lengua, mezclado con la podredumbre de la tierra húmeda revuelta, el humo acre de madera carbonizada y el dulzor nauseabundo de carne expuesta, abierta al aire libre como un festín para moscas.
Ezequiel sintió cómo se le revolvía el estómago por la intensidad cruda de ese aroma que invadía cada poro, cada aliento. Cada paso sobre la hojarasca resonaba más lento, crujiente bajo sus pies descalzos, como si el mundo se replegara ante la marea de ese hedor, retrayéndose en un silencio roto solo por gemidos lejanos y el ocasional crujido de algo que se partía —huesos, quizás, o ramas secas bajo el peso de cuerpos inertes.
El cuerpo de Ezequiel reconoció la presencia de Lois de inmediato. No emitía pulsos de ayuda, no se retorcía en angustia ni enviaba señales de auxilio desesperadas a través del vínculo. Se mantenía ahí, en alguna pa