El bosque no dormía. Solo callaba. Bajo la luna fija, el mundo parecía haberse detenido, como si el tiempo se negara a avanzar sin ella.
Thorne caminaba con el cuerpo del lobo abierto por dentro, aunque su piel no mostrara heridas. No sangraba, no cojeaba, no aullaba todavía. Pero todo en él estaba herido. Cada músculo avanzaba por inercia, sin un propósito. Solo alejándose.
No había regresado a la casa, ni a los restos del templo, ni a la manada que ahora lo miraba con ojos que evitaban los su