Sus manos temblaban. Sus ojos, dilatados y vacíos, lo miraban sin parpadear, un vacío que le helaba la sangre en las venas.
Entonces, un sollozo brotó de ella. No un llanto fuerte, sino un sonido roto, gutural, como si algo dentro de su pecho se hubiera partido en dos. Un gemido ahogado que escapó de su garganta, seguido de otro, más profundo, que sacudió sus hombros encorvados. Las lágrimas rodaron por sus mejillas manchadas, cortando surcos limpios en la sangre seca, cayendo en gotas que se mezclaban con el charco a sus pies.
Ezequiel reaccionó al instante, el miedo que lo había paralizado rompiéndose como vidrio bajo un martillo. Corrió hacia ella y se arrodilló de nuevo, tomándola en brazos con una urgencia desesperada. Sus manos la revisaron frenéticamente: palpando su cuello en busca de heridas profundas, levantando la bata empapada para inspeccionar su torso, sus brazos, sus piernas. La sangre era de otros —pegajosa, fría ahora, adherida a su piel en capas gruesas—, pero no vio