Sus manos temblaban. Sus ojos, dilatados y vacíos, lo miraban sin parpadear, un vacío que le helaba la sangre en las venas.
Entonces, un sollozo brotó de ella. No un llanto fuerte, sino un sonido roto, gutural, como si algo dentro de su pecho se hubiera partido en dos. Un gemido ahogado que escapó de su garganta, seguido de otro, más profundo, que sacudió sus hombros encorvados. Las lágrimas rodaron por sus mejillas manchadas, cortando surcos limpios en la sangre seca, cayendo en gotas que se m