El salón principal de la mansión era un hervidero de voces y sombras alargadas cuando el temblor golpeó. Al principio, fue sutil: un rumor sordo bajo los pies, como el paso de un rebaño lejano, que hizo tintinear las copas sobre las mesas largas y balancear las arañas de cristal en un coro de cristales heridos. Luego, se intensificó, un estremecimiento que subió por las columnas de piedra y sacudió los tapices colgados en las paredes, haciendo que el polvo acumulado de siglos cayera en nubes fi