Emmanuel
El infierno se extendía ante mí como una marea viva, un mar de llamas que devoraba el claro con un hambre insaciable. Mi padre, Thorne, el Alfa inquebrantable que había guiado nuestra manada a través de guerras y tratados, se había convertido en el epicentro de esa furia primordial. Sus llamas no eran un fuego común —no el crepitar de una hoguera o el rugido de un bosque en llamas—, sino algo vivo, un ente que se retorcía y expandía como venas de magma bajo la tierra. Las veía lamer lo