El salón principal de la mansión aún vibraba con el eco de risas forzadas y tintineos de copas cuando Enzo sintió el primer indicio: un aroma sutil, casi etéreo, que se filtró en su nariz como un susurro prohibido. Sangre. No cualquier sangre —dulce, metálica, con ese matiz único que solo podía pertenecer a ella—. Lois.
El vampiro se irguió en su asiento, su copa de brandy detenida a medio camino de sus labios, los ojos escaneando el mar de rostros ajetreados. Alfas sudorosos y embriagados, Bet