Algo en él me molestaba. Había algo... Algo que no me agradaba. No me daba confianza. Para empezar, había entrado a mi casa sin mi permiso.
Pero dejando su falta de modales a un lado, seguía teniendo ese no sé qué, incomodándome. Como si hubiera visto su rostro en algún momento.
—Pues resulta que no eres mi jodido invitado. Así que tienes dos opciones —hablé lento, mostrando una sonrisa irónica—. Uno, te vas de mi maldita casa en este instante.
—¿O? —me provocó.
—O te saco de aquí a patadas en