Noah entró al almacén con paso firme pero cauteloso, cada pisada resonando contra el concreto agrietado. El lugar olía a humedad, metal oxidado y algo peor: miedo concentrado. La luz del sol se filtraba apenas por las ventanas rotas, creando sombras irregulares que parecían moverse con vida propia.
En el centro del espacio, iluminado por un rayo de luz natural que lo convertía en el centro de un escenario macabro, estaba Nico.
Noah sintió cómo se le cortaba la respiración.
Su hermano estaba ata