El reloj del estudio de Amirah marcaba las seis de la tarde. La luz del sol entraba filtrada por los ventanales, bañando el despacho con un tono dorado que hacía brillar los lomos de los libros apilados y los muebles de madera clara. Era un lugar agradable, acogedor, con el aroma tenue del café recién hecho y el sonido lejano del viento agitando las cortinas.
Valeria se detuvo un instante en la entrada. Había pasado toda la tarde en su habitación, intentando ordenar sus pensamientos y evitar cr