El coche avanzaba por la carretera oscura, y el motor era el único sonido que rompía el vacío. Valeria tenía los ojos fijos en la ventana, pero no veía nada.
El paisaje pasaba como una película borrosa: árboles, luces lejanas, un mundo que parecía ajeno a su vida. Sentía el pecho apretado, un nudo tan fuerte que apenas podía respirar.
El hombre que conducía era Noah. ¿Cómo podría no serlo? ¿Cómo es que tenía otra vida, otro nombre?
Su mente repetía esa idea mientras lo miraba de reojo. La luz