El auto se detuvo con un chirrido suave. El silencio volvió a caer sobre ellos, pero no era el mismo silencio de antes. Ahora estaba cargado de una tensión que dolía en el aire, como un hilo a punto de romperse.
Noah la miró, con el ceño fruncido y una mezcla de confusión y desesperación en sus ojos.
—¡No! — exclamó ella, negando con la cabeza, la mirada desencajada y la voz quebrada. —No voy a hacer eso, Noah.
Él parpadeó, desconcertado.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, con la voz apenas aud