Noah no recordaba la última vez que había dormido tan profundamente.
El calor de Valeria, encajada en su pecho, y el ritmo pausado de su respiración lo envolvían con una calma extraña, casi adictiva, que lo fue arrullando hasta hundirlo en un sueño denso, imposible de romper.
Pero ahí, en ese abismo, todo se torció.
Puños, golpes secos, sangre en los nudillos. El eco de la lucha lo rodeaba, cada fibra de su cuerpo vibrando con la rabia y la adrenalina.
Sentía el pulso como fuego en las venas,