Valeria se mordió el labio interno, intentando contener el escalofrío que recorrió su columna, pero sintió cómo el calor subía de su pecho hasta sus mejillas.
—No seas idiota. —murmuró, aunque su voz sonó menos firme de lo que esperaba.
Él se acercó más, eliminando la distancia. Su mano se deslizó lentamente por su brazo, siguiendo la línea de su piel erizada, hasta llegar a su mejilla. La acarició con el dorso de los dedos, en un gesto lento.
—¿Y por qué te sonrojas? —preguntó, con un brillo de