Eran las seis y media de la tarde cuando Valeria llegó al coffee bar. La fachada, de madera oscura y cristal, dejaba escapar el aroma denso del café recién molido y el murmullo de conversaciones. Miró el móvil: el último mensaje de Noah decía mesa 12.
Avanzó por el pasillo principal, recorriendo las mesas con la mirada. No la encontraba. Frunció el ceño, hasta que una mesera se detuvo a su lado.
—¿Busca la doce? —preguntó.
Valeria asintió.
—Por aquí.
La joven la guió hacia un sector más apartado