Noah recuperó la compostura cuando llegó a su departamento.
La noche en Ciudad de México era engañosamente tranquila. Afuera, el murmullo distante de autos y pasos se mezclaba con el eco húmedo de la ciudad; adentro, su hermano, Nico Lucarte, antes llamado André Strozzi, estaba encorvado en una silla incómoda frente al escritorio.
Sus dedos se movían con precisión sobre el teclado, rozando las teclas como si fueran piezas de un instrumento que conocía de memoria. No miraba a Noah, miraba el cód