El amanecer comenzaba a teñir el cielo con tonos suaves, como si el mundo intentara olvidar por un instante la oscuridad que lo rondaba. Pero en el interior de Ailén, algo no dejaba de moverse. Un susurro constante, como un eco olvidado, llamándola. No con palabras, sino con sensaciones que le erizaban la piel. Una certeza que pesaba más que la razón.
Sus pies la llevaron hasta el lago sin que ella lo decidiera conscientemente. Era como si algo, muy antiguo, muy profundo, la arrastrara desde ad