La noche descendĂa como un presagio sobre los ĂĄrboles de la espesura. Una brisa helada se colaba entre los troncos, cargada de murmullos que no provenĂan del viento. AilĂ©n lo sintiĂł en los huesos: algo estaba cambiando. Otra vez.
Desde su encuentro con el relicario, Kaor habĂa empezado a distanciarse. Su cuerpo ardĂa por dentro con un fuego que no era fiebre comĂșn. Las venas de su cuello comenzaban a marcarse con filamentos oscuros, como si el artefacto que custodiaba estuviese quemando su esen