AilĂ©n no podĂa quitarse la imagen de su sueño: la figura del Reino del Eco, esperĂĄndola, con las raĂces flotando alrededor como brazos extendidos, como si la invitaran⊠o la advirtieran.
Cuando despertĂł, el alba apenas tocaba el cielo con un trazo pĂĄlido. Todo estaba en silencio en la garganta de los cantores. Menos su corazĂłn.
Se vistiĂł, guardĂł el cristal bajo su capa y saliĂł.
Kaor dormĂa a unos metros, recostado bajo un toldo improvisado. El sudor cubrĂa su frente, y su pecho se elevaba con d