La fogata chisporroteaba en el centro del campamento. Gabriel dormía recostado contra una piedra, con el sombrero cubriéndole el rostro, mientras Marina atendía a Santiago, que por fin respiraba con más calma. La noche se extendía alrededor como un manto pesado, llena de sombras y secretos.
Eva se apartó unos metros, buscando aire. El calor del fuego y la cercanía del extraño la asfixiaban. Necesitaba pensar, ordenar sus ideas, pero lo único que sentía era el nudo en el estómago y el recuerdo d