El sol caía a plomo sobre sus cabezas cuando dejaron atrás las ruinas. El desierto parecía infinito, un océano de arena que se extendía hasta perderse en el horizonte. Los caballos avanzaban con dificultad, cansados y sedientos.
Eva sentía la carpeta como una losa contra su pecho. Cada kilómetro era un recordatorio del peso insoportable que cargaban. Santiago deliraba, su respiración entrecortada, mientras Marina lo sostenía en la montura, murmurándole palabras de consuelo que no lograban calma