CAPITULO 50

Los establos estaban al borde del pueblo, un conjunto de cercas de madera desvencijada y techos de hojalata que crujían con el viento. Los caballos, inquietos por el eco de los disparos, relinchaban y golpeaban con las patas, levantando polvo y paja.

—¡Rápido! —rugió Luca, abriendo la puerta de un corral.

Mateo ayudó a Marina a montar mientras Eva sostenía la carpeta con una mano y la rienda del animal con la otra. Santiago fue alzado con dificultad sobre otro caballo, sus brazos colgando como trapos, la fiebre consumiéndolo.

Luca subió de un salto al suyo, disparando hacia la entrada de los establos cuando las primeras siluetas armadas aparecieron entre el humo.

—¡Corran! ¡Ya!

Eva clavó las rodillas en el costado del caballo, y el animal salió disparado, sacudiéndola con violencia. Marina la seguía de cerca, abrazada a Santiago para que no cayera. Mateo y Luca cerraban la retaguardia, disparando contra sus perseguidores.

El pueblo quedó atrás en segundos, pero el ruido de los motores
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