CAPITULO 50

Los establos estaban al borde del pueblo, un conjunto de cercas de madera desvencijada y techos de hojalata que crujían con el viento. Los caballos, inquietos por el eco de los disparos, relinchaban y golpeaban con las patas, levantando polvo y paja.

—¡Rápido! —rugió Luca, abriendo la puerta de un corral.

Mateo ayudó a Marina a montar mientras Eva sostenía la carpeta con una mano y la rienda del animal con la otra. Santiago fue alzado con dificultad sobre otro caballo, sus brazos colgando como
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