El eco del desfiladero era una trampa mortal. Cada disparo rebotaba en las paredes de piedra, multiplicando el estruendo hasta hacerlo ensordecedor. Los caballos relinchaban, nerviosos, intentando retroceder. Marina sujetaba a Santiago con fuerza, sus manos temblorosas cubiertas de sangre seca y sudor.
Eva, con la carpeta contra el pecho, sentía que la decisión la desgarraba. El Contador hablaba a través del altavoz, cada palabra como un puñal.
—Dámela, Eva. Entrega la verdad y los dejaré vivos