CAPITULO 51

El eco del desfiladero era una trampa mortal. Cada disparo rebotaba en las paredes de piedra, multiplicando el estruendo hasta hacerlo ensordecedor. Los caballos relinchaban, nerviosos, intentando retroceder. Marina sujetaba a Santiago con fuerza, sus manos temblorosas cubiertas de sangre seca y sudor.

Eva, con la carpeta contra el pecho, sentía que la decisión la desgarraba. El Contador hablaba a través del altavoz, cada palabra como un puñal.

—Dámela, Eva. Entrega la verdad y los dejaré vivos
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