El desierto estaba en silencio, como si contuviera la respiración. Solo el viento agitaba la arena, levantando pequeñas nubes que giraban alrededor de los hombres armados.
Eva sentía las piernas temblarle. La carpeta pesaba más que nunca entre sus brazos. A pocos pasos, El Contador observaba la escena con una calma enfermiza, como si todo estuviera escrito de antemano.
Santiago se mantenía de pie junto a él, el rifle apuntando directo al pecho de Luca. Sus ojos eran pozos oscuros, imposibles de