Eva sintió que el aire le faltaba. El sol ardía sobre su piel, pero el frío venía de dentro, de la mirada de El Contador. Aquel hombre no necesitaba gritar ni apuntar un arma para dominar el lugar: su simple presencia lo llenaba todo, como un veneno invisible.
A su alrededor, una docena de hombres armados formaba un círculo. Sus rifles apuntaban directo a ella y a Marina, que apenas podía mantenerse en pie.
—No corras, no dispares, no inventes excusas —dijo El Contador, avanzando despacio—. Ent