La noche caía sobre Santa Esperanza con una luna en cuarto menguante que apenas iluminaba los cerros. La camioneta avanzaba por un camino polvoriento, sus faros apagados para evitar llamar la atención. Eva iba en el asiento trasero, junto a Marina. La joven no dejaba de morderse las uñas, con los ojos fijos en la oscuridad.
—¿Segura de que es aquí? —preguntó Luca, al volante.
Marina asintió con un hilo de voz.
—Siempre vuelve a la fábrica. Es su punto seguro.
Briggs, con su pistola lista, mirab