La camioneta se detuvo en un descampado a las afueras de Santa Esperanza. Briggs apagó el motor y quedó en silencio, escuchando el propio eco de su respiración. Nadie habló durante varios segundos; todos necesitaban recuperar el aire después de la emboscada en el puente.
Eva fue la primera en romper el silencio.
—Marina, necesitamos que confíes en nosotros. Es la única forma de detener esto.
La joven levantó la cabeza lentamente. Su rostro estaba pálido, los ojos enrojecidos por el llanto.
—No