El tiempo pareció detenerse cuando Eva reconoció a la figura en el despacho de vidrio. Su silueta era inconfundible: el mismo hombre de las fotos borrosas, con la cicatriz en la mejilla, solo que ahora la distancia revelaba el peso de su presencia. V-17.
Marina sollozaba, temblando, pero Eva no podía apartar la vista. Aquel era el fantasma que habían perseguido durante semanas, el nombre que se repetía en sus notas y sus pesadillas. Ahora estaba allí, de carne y hueso, observándolos como si fue