Patrick Devereux no era un hombre fácil de impresionar.
Eso, para Renata, era exactamente lo que necesitaba.
Sesenta años. Constructor de primera generación. Camisa azul sin corbata. Manos grandes. La clase de hombre que mira un edificio como si leyera un cuerpo viejo. Entró a la sala de reuniones de Davidson con planos genéricos que la firma anterior le había preparado y con la expresión de alguien que ya sabía que no le iban a gustar.
Renata entró con su portátil, su análisis de sitio y el es