Adriano llegó al apartamento del East Side a las nueve de la mañana.
No llamó antes. Renata tampoco lo esperaba exactamente a esa hora, pero cuando el interfono sonó y escuchó su voz diciendo solo su nombre, no tardó más de tres segundos en apretar el botón.
Él subió las escaleras. No el ascensor.
Renata abrió la puerta antes de que llamara.
Estaban frente a frente en el umbral por primera vez sin mesa entre ellos, sin ventana de por medio, sin la estructura formal de una reunión que pusiera el