—¿Señorita Renata?
La voz era de mujer. Mayor. Con ese acento bogotano de los barrios del centro que no se parece al de los Salcedo ni al de los Ibarra. Era un acento que se formó en cocinas, no en salas de reuniones.
Renata conocía esa voz.
—Bernarda.
—Sí, señorita. —Una pausa—. Perdone la hora y el número desconocido. Compré este teléfono hoy. De prepago. En la tienda de la esquina de mi casa.
Renata se sentó en el borde de la cama. El apartamento estaba en silencio. Afuera el farol del calle