Diego mantenía una mano sobre el volante; en cuanto escuchó el "clic" del cinturón de Natalia, pisó el acelerador.
El carro salió de la mansión de los Ferrer.
De pronto, pequeñas gotas de lluvia comenzaron a manchar el parabrisas. Estaba empezando a llover.
Ninguno de los dos decía nada.
En la rejilla del aire acondicionado había un difusor de fragancia para carro que a Natalia le resultaba muy familiar: ella misma lo había puesto.
Sin embargo, ya se había terminado; no desprendía olor algun