Maldita sea.
Pero Natalia ya no alcanzaba a detenerlo.
Aunque corriera ahora, no podría seguir el paso de Isaac.
Diego frunció levemente el ceño al ver a Camila acercarse demasiado.
—¿Camila?
¿Qué estaba intentando hacer?
Ella no respondió. Seguía inclinándose hacia sus labios, insistente.
La mano de Diego, apoyada en su hombro, ejerció un poco más de presión; los nudillos se le marcaron blancos.
Justo cuando la respiración de Camila estaba a un suspiro de tocarlo, una fuerza brutal irrumpió y l