“Qué historia de amor tan conmovedora”, pensó Natalia.
Y ella no era más que una espectadora.
Pero, al mismo tiempo, seguía siendo la esposa de Diego.
—Con esta lluvia ¿qué haces aquí parada en la acera? ¿Qué pasa si te da un resfriado? —El tono de Diego desbordaba preocupación y urgencia—. ¿Por qué descuidas así tu salud?
Camila lo abrazó con fuerza:
—Diego, no me regañes. Es solo que te extrañaba. —Habló con la voz entrecortada por el llanto—: Sé que no debí ser tan caprichosa, soy una tonta,