Lilian miraba a Daryl tratando de ocultar una sonrisa tímida. Él acababa de susurrarle algo al oído, justo frente al coche que los esperaba, y su rostro ardía de vergüenza.
—En serio, Daryl… —murmuró en voz baja, lanzando una mirada hacia Gabriel, que corría alegremente hacia el ascensor—. No me llames cariño delante de los niños. Me da muchísima vergüenza.
Daryl giró la cabeza con una expresión divertida.
—¿Por qué habría de darte vergüenza? Si ellos ya saben que nos queremos.
—¡Daryl…! —Lilia