En el despacho de Carlos, el silencio solo se rompía por el suave golpeteo del teclado.
Estaba sumergido entre montones de documentos y la luz fría del portátil.
Su chaqueta colgaba del respaldo de la silla, la corbata se aflojaba sobre el cuello,
y la taza de café sobre la mesa se había enfriado hacía más de dos horas.
—Este porcentaje tiene que cuadrar… —murmuró con voz baja mientras ajustaba los datos en la presentación—.
Si me equivoco, el cliente podría cancelar el contrato.
La puerta se a