Verónica seguía sentada al borde de la cama, abrazando una almohada contra el pecho, con la mirada perdida en el suelo. Aún pensaba en la conversación telefónica de antes, en la voz del hombre que siempre conseguía tranquilizarla. Pero aquella calma no duró mucho.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, y Carlos entró con el rostro sombrío. Sus hombros subían y bajaban, conteniendo la ira.
—Ya no puedo aceptar más excusas tuyas, Verónica —dijo con frialdad, su voz grave cargada de presión