El alba aún estaba tenue; la luz del sol no había atravesado completamente las ventanas de la casa. Lilian permanecía de pie en su habitación, el rostro demacrado. Gabriel, aún adormilado, yacía acurrucado en sus brazos, con la cabeza apoyada en su hombro, respirando con ritmo sereno. A su lado, una pequeña maleta reposaba junto a la puerta.
Lilian volvió a mirar hacia la habitación de Aurora; la puerta permanecía firmemente cerrada. En su interior, rezó para que