La atmósfera de la casa aquella mañana se sentía extraña. El sol comenzaba a atravesar las ventanas, iluminando la sala con un resplandor cálido, pero aquel calor no lograba penetrar en el corazón de Aurora.
La pequeña acababa de despertarse. Su cabello estaba revuelto, sus ojos entrecerrados, pero en cuanto notó que Lilian y Gabriel no estaban en casa, rompió a llorar desconsoladamente.
—¡Tía Lilian! ¡Gabriel! —gritó Aurora mientras bajaba corriendo las escaleras, su voz ronca entremezcl