A la mañana siguiente, Margaret descendió por las escaleras con pasos lentos, casi arrastrados. El cansancio no era solo físico; llevaba días acumulándose en su cuerpo como un peso que ya no sabía cómo soltar. Tenía el cabello recogido sin cuidado y el rostro pálido.
En la sala de estar, su madre ya estaba lista. Vestía con sobriedad, tenía su bolso colgado del brazo y una expresión firme que Margaret no le había visto en mucho tiempo.
—¿A dónde vas tan temprano? —preguntó Margaret, deteniéndo