A la mañana siguiente, Margaret descendió por las escaleras con pasos lentos, casi arrastrados. El cansancio no era solo físico; llevaba días acumulándose en su cuerpo como un peso que ya no sabía cómo soltar. Tenía el cabello recogido sin cuidado y el rostro pálido.
En la sala de estar, su madre ya estaba lista. Vestía con sobriedad, tenía su bolso colgado del brazo y una expresión firme que Margaret no le había visto en mucho tiempo.
—¿A dónde vas tan temprano? —preguntó Margaret, deteniéndose en el último escalón.
Su madre alzó la vista y, sin responder de inmediato, caminó hacia ella. Le tomó la mano con fuerza, como si necesitara ese contacto para sostenerse, y suspiró profundamente.
—Ya no voy a seguir escondiéndome —dijo al fin, con firmeza —. Voy a pedirle el divorcio a tu padre, ya he contactado con un buen abogado que me ayudara en todo esto.
Margaret parpadeó, sorprendida. Durante un segundo, no supo qué decir. Luego, algo parecido al alivio se abrió paso en su pecho.
—¿Lo