Unos días más tarde, la calma se había instalado con una naturalidad casi sospechosa.
Margaret estaba recostada sobre el regazo de Lucien en la sala de estar. La televisión proyectaba una película romántica que, en teoría, debía ser entretenida, pero llevaba más de cuarenta minutos sin provocarles otra cosa que bostezos disimulados.
Lucien acariciaba su frente con movimientos lentos, casi hipnóticos. Margaret sostenía un tazón de crispetas y llevaba una a su boca con desgano.
—Está súper aburri