Días después
Margaret llegó a casa cuando el cielo ya había perdido casi toda su luz. Cerró la puerta con cuidado, ni siquiera tenía alientos para cerrar con fuerza, apenas soltó un suspiro al cruzar el umbral.
Le dolían los hombros, la espalda, la cabeza. El cansancio no era solo físico: le pesaba en el pecho, en la mirada, en la forma en que respiraba, como si cada inhalación le costara un esfuerzo consciente.
Se quitó los zapatos sin ordenarlos, dejando el bolso caer sobre una silla. Avanzó