CAPÍTULO 94

Días después

Margaret llegó a casa cuando el cielo ya había perdido casi toda su luz. Cerró la puerta con cuidado, ni siquiera tenía alientos para cerrar con fuerza, apenas soltó un suspiro al cruzar el umbral.

Le dolían los hombros, la espalda, la cabeza. El cansancio no era solo físico: le pesaba en el pecho, en la mirada, en la forma en que respiraba, como si cada inhalación le costara un esfuerzo consciente.

Se quitó los zapatos sin ordenarlos, dejando el bolso caer sobre una silla. Avanzó un par de pasos más… y entonces se detuvo en seco.

Adrien estaba de pie en la sala, con su bebé en brazos.

La pequeña dormía contra su pecho, envuelta con cuidado, apenas una mano diminuta se asomaba entre la tela. Adrien la mecía con suavidad, se había acostumbrado a eso, casi perfecto. Al escucharla, levantó la vista y sonrió.

—Llegaste —dijo con naturalidad, como si aquella escena fuera lo más normal del mundo. —La niña ya bebió su biberón, se quedó profunda.

El corazón de Margaret dio un vu
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