Los últimos meses del embarazo pasaron en una calma extraña para Margaret. Aunque fuera una paz momentánea, se sentía placentera; era más bien un silencio lleno de cosas que no se decían, un equilibrio que podía romperse con solo tocarlo.
Adrien iba a verla con frecuencia. Llegaba siempre con alguna historia absurda sobre la empresa, con bromas listas para arrancarle una sonrisa… o por lo menos para distraerla.
Pero quien parecía su sombra, quien cruzaba la puerta del hospital casi a la misma hora cada día, cargando flores frescas, era Lucien.
No importaba si ella le hablaba o no. Si lo miraba o no. Él llegaba igual.
Aquella mañana entró sin avisar, como si el pasillo fuese suyo. Llevaba un ramo de peonías blancas y una expresión cansada, aunque intentaba disimularlo.
—Te conseguí las que te gustan —dijo, acercándose a la mesa junto a la ventana.
—No pedí flores —respondió Margaret sin mirarlo, mientras acomodaba la almohada detrás de su espalda.
—Lo sé. Pero aun así las traje.
Ella s