La llamada llegó a primera hora de la mañana, justo cuando Margaret intentaba acomodarse entre las almohadas para obtener un poco de alivio en la espalda. Al ver el nombre de su madre en la pantalla, exhaló lentamente; esa llamada ya era parte de su rutina diaria, un pequeño ancla de estabilidad en medio del caos.
—¿Cómo amaneciste, hija? —preguntó su madre, como siempre cariñosa.
—Un poco cansada —respondió Margaret, mirando hacia la ventana del hospital—. Pero estoy bien. El proceso legal ya