Margaret despertó con un cansancio dulce, de esos que pesan en los huesos pero calman el alma. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz suave que entraba desde la ventana. Por un segundo, la mente tardó en recordar lo que había pasado… hasta que escuchó un pequeño quejido.
Allí estaba.
Su hija, durmiendo en la cuna transparente junto a la cama, envuelta en una mantita rosa.
Y a su lado, como una sombra perpetua, Lucien. Sentado en la silla más incómoda del planeta, con la espalda rígida, la camisa arrugada y unas ojeras tan marcadas que parecían heridas. No se había movido desde el parto. Ni para beber agua. Ni para respirar bien.
Margaret lo observó unos segundos. Su pecho subía y bajaba lentamente; estaba dormido, pero no descansando. Tenía la mano apoyada en el borde de la cuna, como si temiera que la niña desapareciera si la soltaba.
Un golpe suave en la puerta quebró la quietud.
—¿Podemos pasar? —preguntó Isadora en un susurro.
Margaret sonrió débilmente.
—Clar