Margaret despertó con un cansancio dulce, de esos que pesan en los huesos pero calman el alma. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz suave que entraba desde la ventana. Por un segundo, la mente tardó en recordar lo que había pasado… hasta que escuchó un pequeño quejido.
Allí estaba.
Su hija, durmiendo en la cuna transparente junto a la cama, envuelta en una mantita rosa.
Y a su lado, como una sombra perpetua, Lucien. Sentado en la silla más incómoda del planeta, con la esp