Los vehículos se apagaron a unas calles de la mansión de Antonio. Desde esa distancia, la propiedad se erguía imponente, iluminada con una elegancia arrogante, como si la guerra no pudiera tocarla. Demasiado tranquila.
Antonio se había confiado. Había puesto su fe en la supuesta investigación de Adrien, creyendo que Lucien y Margaret aún estaban calculando movimientos. Y Adrien… Adrien simplemente había dejado que el tiempo corriera. Que Lucien atacara no le perjudicaba; al contrario, debilitab