Gael empujó la puerta del despacho y lanzó a Isadora hacia adentro sin demasiada delicadeza. La mujer trastabilló un par de pasos antes de recuperar el equilibrio, apoyándose con una mano en el borde de la mesa de Lucien.
—No hacía falta recurrir a la violencia —dijo, acomodándose el cabello con manos temblorosas—. Yo había decidido venir por mi propia cuenta.
Lucien, que estaba de pie junto a la ventana, no respondió de inmediato. Se limitó a observarla en silencio, con esa mirada fría que Isa