Lucien, que hasta ese momento había permanecido callado, no dijo nada. No interrumpió. No cuestionó. Simplemente tomó la mano de Margaret y la apretó con firmeza, mostrándole nuevamente que él seguía allí a pesar de cualquier circunstancia.
Margaret sintió la presión de sus dedos y, por un segundo, agradeció no estar sola en medio de aquel terremoto emocional. Tenía el rostro húmedo, los ojos inflamados, el corazón todavía desacompasado por la revelación.
Pero antes de que el silencio se hicier