La madre de Margaret sonrió.
Miró a su hija fijamente a los ojos y suspiró, lo que tenía que decirle le quitaba un gran peso de encima.
—Henry era tu padre.
Soltó por fin sin rodeos.
Margaret no la escuchó… la sintió.
Fue un golpe seco. Un balde de agua helada que le recorrió el cuerpo desde la cabeza hasta los pies. El pulso se le disparó. La respiración se volvió irregular. Sus ojos buscaron de inmediato al señor Ferrer, como si él pudiera negar lo que acababa de oír.
Pero el hombre no negó n