—Me importa una mierda papa, no voy a dejar que Margaret se meta en estos asuntos.
Lucien subió el tono de su voz, mostrando su firmeza inquebrantable.
El restaurante quedó en un silencio espeso, apenas interrumpido por el murmullo lejano de otras mesas que no tenían idea de que, en ese rincón, se estaba decidiendo mucho más que una discusión familiar.
Margaret lo miró fijamente a los ojos, desafiante.
—No tienes que permitir nada, Lucien.